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LEIBNIZ

 

La persona y sus ideas

Godofredo Guillermo Leibniz (1646-1716), nació en Leipzig. Terminada la universidad, la vida de Leibniz es de una intensa actividad como intelectual, político y hombre de mundo relacionado con las más altas personalidades de su época. Su carrera de alto funcionario llegó a su culmen cuando fue ennoblecido por el emperador y nombrado consejero áulico. Muy interesantes son sus gestiones para la fundación de academias científicas, aunque sin éxito, excepto en Berlín. Mantuvo una intensa correspondencia en la que exponía sus opiniones sobre los problemas de la actualidad, opiniones muchas veces certeras y de largo alcance, como su consejo a Pedro I para que promoviese la colonización de Siberia.

Hombre de saber universal —filósofo, teólogo, jurista, historiador, matemático, físico, biólogo— todo su pensamiento y producción está movido por un profundo optimismo como actitud ante la existencia, que tiene su origen, sin duda, en la situación de recuperación que vive Alemania. El optimismo leibniziano tiene su expresión cumbre en la tesis de que nuestro mundo es el mejor de los posibles, sentencia última que absuelve al Creador en el juicio que el tribunal de la Razón le había instruido para que respondiese por el mal que existe en el mundo. Para recoger la defensa de Dios en este juicio escribe Leibniz sus Ensayos de Teodicea (Essais de Théodicée, 1710). La justificación de Dios la deduce Leibniz racionalmente del principio de razón suficiente que él mismo reelaboró hasta dejárnoslo como una de las piezas clave de la filosofía moderna. El optimismo leibniziano también comprende la capacidad cognoscitiva del hombre, y se expresa a través del proyecto general de un saber universal que reconcilie en sí todos los saberes que en el mundo han sido. Leibniz cree en la posibilidad de un tal saber porque cree que objetivamente el mundo en que vivimos está regido por la armonía y la conciliación. Reconciliar las ideas, tomar de cada pensador lo que estimaba de interés para armonizarlo con las aportaciones de los otros, sintetizar tesis aparentemente contradictorias, son actividades intelectuales con las que Leibniz construye su filosofía.

Reconciliación es también la palabra que puede sintetizar los grandes objetivos políticos de Leibniz. En un mundo fracturado política y religiosamente nuestro autor cree que es posible establecer la armonía razonable entre unidades diferentes sin necesidad de imponer unas sobre otras. El alma de dicha reconciliación es, desde luego, el amor.

 

 

El derecho

La base del pensamiento político de Leibniz se encuentra en su filosofía del derecho. Quiso descubrir una jurisprudencia universal, un sistema de derecho común a Dios y los hombres, puesto que Dios y los hombres forman la sociedad de los espíritus. Esta jurisprudencia universal se basa en el concepto de justicia y aquí encontramos, una vez más, un ejemplo de la pretensión leibniziana de conciliar conceptos procedentes de distintas perspectivas. En este caso se trata de sintetizar tres diversas perspectivas de la justicia, un concepto cristiano (agustiniano), un concepto platónico y un concepto jurídico romano.

El primer concepto opera con la justicia como virtud universal y suprema, como manera de obrar, y reiteradamente la define en sus obras como «la caridad del sabio». Si utilizáramos la definición habitual que liga la justicia con algo debido, esta definición no sería aplicable a Dios quien, evidentemente, no debe nada a nadie y actúa por puro amor. Es el concepto agustiniano de justicia del que Leibniz es deudor, incluso usa la expresión y la idea «ciudad de Dios»: la sociedad de Dios y los hombres guiados por el amor.

La segunda definición se fija en la justicia como realidad objetiva: es el orden que hay que observar en las relaciones entre criaturas inteligentes... Este orden eterno, fundado en la naturaleza inmutable de las cosas, podría expresarse en verdades igualmente eternas. Si las consiguiéramos formular en una simbolística universal, podríamos aspirar a que las discusiones sobre la justicia quedaran definitivamente superadas.

El concepto de justicia del Derecho romano se expresa en la famosa fórmula, neminem laedere, suum cuique tribuere, honeste vivere. Para Leibniz estos tres principios equivalen a los contenidos de tres grados de justicia de menor a mayor. El primero recoge la forma más elemental de justicia, la justicia conmutativa: no hacer daño. El segundo implica algo más, es la justicia distributiva que trata a cada cual según sus méritos. El tercero, es la justicia universal que equivale a vivir caritativamente: el grado más alto de justicia.

El segundo principio de justicia, suum cuique tribuere, constituye el núcleo de la justicia política, la que corresponde administrar al Estado. Su tema principal es la propiedad. Leibniz cree que la sociedad comunista es la mejor de todas. En un estado perfecto todos los bienes deberían ser comunes y distribuidos entre las personas por la autoridad pública. Pero esta perfección no es posible porque ni el público está tan educado que se conformaría con una vida económica al estilo de un convento, ni existen unos administradores públicos tan sabios y tan inspirados por la justicia que garanticen la correcta distribución. En conclusión, hay que dejar a los hombres que atiendan a sus necesidades mediante la propiedad privada que se convierte en un derecho protegido por la ley. En este aspecto ha de aplicarse el principio de la igualdad, no en el sentido de que todos posean lo mismo, sino en el sentido de que todos tienen igual derecho a conservar lo que tienen. Por tanto, en este punto el pensamiento de Leibniz, que comenzó con afirmaciones muy radicales, termina con un tono claramente conservador.

 

Pensamiento político

El Estado es una «sociedad ilimitada desigual». Ilimitada significa que su fin es el conjunto de la vida y el bien común y no simplemente unos bienes concretos como carreteras, servicios sociales, etc. La desigualdad queda establecida necesariamente entre los que mandan y los que obedecen. Se niega a basar el Estado en la igualdad de derecho a participar en la sociedad política, porque afirma platónicamente que el sabio tiene derecho a gobernar al ignorante. En consecuencia no utiliza la teoría del contrato social ni le interesa el problema del origen del Estado.

Le interesa que el Estado esté regido por la razón y, en consecuencia, que no haya lugar para la arbitrariedad. La primera institución para evitarla es el principio de legalidad: cuando la actividad del Estado está regida por las leyes no queda lugar para la arbitrariedad. La segunda institución es introducir la razón en las decisiones del Estado mediante los buenos consejeros. Leibniz no está interesado en el poder en cuanto tal, sino en los objetivos del poder, señalando la amplia acción de fomento material y de educación de los súbditos que debe emprender el gobernante, en un avance de lo que será el despotismo ilustrado.

Tampoco estuvo interesado Leibniz en el concepto de soberanía, que desempeña un papel central en la mayoría de los autores hasta aquí estudiados. Para Leibniz el Estado es una pura agregación, unum per accidens, como un ejército. Su unidad se encuentra en la unidad de la persona que gobierna. Su principal obra sobre la soberanía, el llamado Caesarinus Fürstenerius (1677), es una defensa de la soberanía de los príncipes territoriales alemanes. Fue escrito para defender un concepto de soberanía que permitiera a los príncipes alemanes participar como soberanos en las negociaciones internacionales. Pero al mismo tiempo quiere hacerlo compatible con la lealtad al emperador. Rehúsa utilizar el concepto legal de soberanía construido por Bodino y se contenta con un concepto descriptivo: el supremo poder sobre un territorio, sin importarle si el titular de este poder tiene a su vez que reconocer a un jefe o señor. Se trata de una soberanía que quiere hacer compatible con la maiestas del Imperio. Durante toda su vida creyó que la idea medieval del Imperio era un sistema mucho mejor que el moderno sistema de Estados. Por eso atacó a Pufendorf, que había llamado «monstruo» al Imperio.

 

 

La república cristiana

Dados los supuestos jurídicos de su pensamiento, Leibniz defiende que la ciudad de los hombres ha de asegurarles, además de la convivencia pacífica y justa propia de la comunidad humana, la comunidad con Dios. Por tanto, como enseñó San Agustín, la auténtica república ha de ser una respublica christiana: la institución de la armonía política ha de completarse con la institución de la armonía religiosa. Leibniz dedicó grandes esfuerzos durante mucho tiempo al proyecto de restaurar la unidad de la Iglesia. Su primera contribución fue la redacción, inacabada, de un tratado, Demostraciones católicas, que exponía la doctrina cristiana con la suficiente imprecisión para hacerla aceptable por todos. Corría la fama de que Leibniz era un católico de corazón y que estaba a punto de convertirse, por eso cuando visitó Roma como historiógrafo (1689), se le ofreció la dirección de la Biblioteca Vaticana.

La confianza de Leibniz en la respublica christiana como realización de la concordia europea llega a su punto culminante en los años setenta y se expresa sobre todo en el Caesarinus Fürstenerius, la más medievalizante de sus obras. Habla del papa y del emperador como las dos cabezas de la Cristiandad y describe los poderes y funciones de cada uno. Leibniz sugería que un concilio podría funcionar como el Senado general de la Cristiandad, que podría regular las relaciones entre Estados, contaría con la intervención autoritativa de las dos cabezas de la Cristiandad. Leibniz piensa que la quiebra del sistema medieval se produjo con la quiebra del conciliarismo; si este movimiento hubiera triunfado, el sistema medieval hubiera podido autorrenovarse y consolidarse.

 

 

Contra Luis XIV

El principal problema internacional durante toda la vida de Leibniz fue el de la política expansionista de Luis XIV, de cuyo reinado fue nuestro autor riguroso coetáneo. Por una parte admiraba la cultura francesa, que era de hecho su cultura —Leibniz escribía sobre todo en francés— y admiraba la política cultural de Luis XIV así como su política interior, pero, como alemán y como europeo, no podía menos de oponerse, incluso con violentos panfletos, a la guerras del Rey Sol. Consciente de la amenaza que suponía la grandeza de Francia, su primera producción escrita en este campo fue el Consilium Aegyptiacum (1671), con el que pretendió desviar el inminente ataque francés contra los Países Bajos hacia una cruzada contra el turco. Un siglo más tarde la idea de este proyecto fue ejecutada por otro francés, Napoleón Bonaparte. Decepcionado por la desbordada ambición de Luis XIV, escribió Mars Christianissimus (1683), una aguda y elegante sátira contra el imperialismo del Rey Sol. Leibniz «prueba», incluso con argumentos de Escritura —con los que parece que quiere hacer una parodia de la argumentación de Bossuet—, el derecho eminente, absoluto, universal, del Rey Cristianísimo a dominar todo el mundo.

 

 

 

NOTAS